Esa cita.
Pero él no entendió, como no entiende casi nunca que se lo explico, seguramente porque tampoco sé explicarlo, seguramente porque las palabras y los pasados se le quedan cortos y no entiende de razones caducadas.
- Siempre me gustó este sitio.
- ¿Sabes por qué estamos aquí, verdad?
- Aquí fue donde nos conocimos.
- Sí. Hace tiempo ya de eso. Hay a quién le gustan los principios, pero a mí el nuestro me pareció un tanto... doloroso. Quizás fuese por las circunstancias.
- Bueno, no todo comienzo tiene por que ser perfecto.
- No quiero seguir viéndote.
- ... ¿así?
- Lo he estado pensando. Mucho, demasiado tal vez y creo que es mejor dejarlo aquí.
- ¿Es porque hay alguien más?
- Típica pregunta... Sí... y no. Ese alguien es más que probable que sea yo mismo. Crecí. Tú me hiciste crecer y ya no te siento. Simplemente creo que lo nuestro ha terminado. Y a fin de cuentas la respuesta que te pueda dar carece de sentido, yo nunca fui el único para ti.
- Pero eso no era ningún misterio.
- Es cierto, y no me importaba. Y sigue sin importarme, créeme. Tú siempre fuiste así. No es ese el motivo, como no lo son tantas otras cosas que se te puedan pasar por la mente. Nunca acabamos de funcionar y los dos sabíamos que tarde o temprano esto iba a pasar.
- Y los dos sabemos también que volveremos a encontrarnos.
- Seguramente, pero intuyo que será diferente.
- No lo creo, cariño...
- Da igual, prefiero pensarlo así ¿quieres que te acompañe a algún sitio?
- No hace falta.... ¿me echarás de menos?
- Seguro que en alguna ocasión.
- Hasta siempre, entonces...
- Adiós, soledad.
Fue entonces cuando me senté junto a él.
El porqué no lo sé; quizás quería saber qué esperaba de mí. O quizás fuera él quien quería realmente saber qué esperaba yo.
Nos conocíamos desde hacía mucho, aunque a decir verdad nuestra relación nunca había sido muy buena. Es posible que al principio hubiéramos estado bien pero últimamente lo nuestro se había convertido en una obsesión, al menos para mí. No hacía más que perseguirle intentando estar a su lado, pese a nunca conseguirlo.
Y finalmente allí estábamos los dos solos. En aquel banco. De aquel parque. De aquella ciudad que me producía unos sentimientos tan contradictorios. Junto a él.
Ninguno de los dos teníamos intención de hablar, por lo que en ningún momento se me ocurrió quitarme los auriculares. Prefería escuchar las melancólicas notas de Strange Fruit antes que oír su cadente, monótona y aburrida respiración.
Y finalmente allí estábamos los dos. En aquel banco. De aquel parque. El Tiempo y yo.
Imagino que la gente que paseaba a esa misma hora por delante de nuestros ojos no se percataba de la extraña pareja que estaba sentada en aquel banco.
Tras un fruir de pensamientos que se desencadenaban casi sin motivo, los dos nos levantamos y nos fuimos, caminado uno al lado del otro. Como si de un juego de niños se tratase, ahora le iba a tocar a él avanzar intentando seguirme a mí.